Nos llaman desmotivados.
Nos llaman privilegiados.
Nos llaman chantajistas.
Pero mientras algunos nos señalan desde un despacho, miles de docentes seguimos sosteniendo la escuela pública mucho más allá de nuestro horario, de nuestro sueldo y, muchas veces, de nuestras propias fuerzas.
Somos quienes acompañamos a alumnado en viajes a la nieve, intercambios, Erasmus, PIIE, PEAFS, viajes de fin de curso y de etapa. Quienes hemos pasado 4 noches sin dormir tranquilamente, lejos de nuestras familias, pendientes de decenas de menores las 24 horas del día, asumiendo una responsabilidad enorme… sin cobrar ni un euro más.
También somos quienes realizamos movilidades de profesorado, estancias en otras ciudades o incluso en otros países, muchas veces en festivos o periodos vacacionales, sin ninguna remuneración adicional y con un único objetivo: mejorar nuestra práctica docente y ofrecer a nuestro alumnado nuevas oportunidades y otras formas de aprender y mirar el mundo.
Ahí están los compañeros y compañeras que han estado pendientes día y noche del alumnado húngaro durante su estancia en nuestro centro, fuera de su horario laboral y sacrificando tiempo personal y familiar. O quienes se marcharon a Croacia en pleno puente de mayo, lejos de sus familias, para seguir formándose, compartir experiencias educativas y traer nuevas herramientas al aula.
Porque ser docente no termina cuando suena el timbre.
Somos quienes organizamos bicibús, graduaciones, días especiales, torneos, actividades culturales, deportivas y solidarias fuera del horario lectivo. Quienes abrimos el centro antes de hora y nos vamos cuando ya es de noche. Quienes ponemos dinero de nuestro bolsillo para materiales. Quienes respondemos mensajes a las diez de la noche porque un alumno o una familia necesita ayuda.
Y además de enseñar, hacemos de psicólogos, enfermeros, trabajadores sociales, mediadores, orientadores, administrativos, cuidadores, informáticos, educadores emocionales y hasta de refugio para muchos niños y niñas que llegan al aula cargando problemas que nadie ve.
¿De verdad alguien cree que todo esto lo hace una profesión “poco implicada”?
La educación pública se sostiene gracias al compromiso de un profesorado agotado de dar siempre más mientras recibe cada vez menos apoyo, menos recursos y menos respeto.
No pedimos privilegios.
Pedimos ratios dignas para poder atender de verdad.
Pedimos más profesorado para una inclusión real y no solo discursos vacíos.
Pedimos infraestructuras seguras y decentes.
Pedimos una revisión salarial que no llega desde 2007 mientras el coste de vida no deja de subir.
Defender al profesorado es defender a nuestro alumnado.
Porque cuando se precariza a quienes educan, se está atacando directamente el futuro de toda la sociedad.
La escuela pública no necesita ataques.
Necesita inversión, respeto y condiciones dignas.
Y pese al cansancio, aquí seguimos.
Porque creemos en lo que hacemos.
Aunque quienes deberían cuidarlo sean los primeros en despreciarlo.
